Sin testigos

Olavo de Carvalho

O Globo, 22 de julio de 2000

"Tenemos que quitarnos la careta para poder conseguir la autenticidad interior de una cultura en la que un d�a podremos reconocernos y sentirnos realizados."

(J. O. de Meira Penna, "Em ber�o espl�ndido")

Albert Schweitzer, en "Mi infancia y mocedad", recuerda el momento en el que por primera vez sinti� verg�enza de s� mismo. Ten�a unos 3 a�os y jugaba en el jard�n. Vino una abeja y le pic� en un dedo. Llorando a l�grima viva, el ni�o fue socorrido por sus padres y por algunos vecinos. De repente, el peque�o Albert se dio cuenta de que el dolor ya se le hab�a pasado desde hac�a varios minutos y que segu�a llorando s�lo para atraer la atenci�n de todos. Cuando relat� el caso, Schweitzer era un septuagenario. Ten�a tras de s� una vida realizada, una gran vida de artista, de m�dico, de fil�sofo, de alma cristiana consagrada a la ayuda de los pobres y de los enfermos. Pero todav�a sent�a la verg�enza de su primer enga�o. Ese sentimiento hab�a atravesado los a�os, en el fondo de la memoria, d�ndole pellizcos en la conciencia a cada nueva tentaci�n de auto-enga�o.

F�jense que, a su alrededor, nadie se hab�a dado cuenta de nada. S�lo el peque�o Schweitzer supo de su verg�enza, s�lo �l tuvo que rendir cuentas de su acto ante su conciencia y ante su Dios. Estoy persuadido de que las vivencias de ese tipo - los actos sin testigo, como suelo llamarlos - son la �nica base posible sobre la que un hombre puede desarrollar una conciencia moral aut�ntica, rigurosa y aut�noma. S�lo aqu�l que, en la soledad, sabe ser riguroso y justo consigo mismo - y contra s� mismo - es capaz de juzgar a los dem�s con justicia, en vez de dejarse llevar por los gritos de la multitud, por los estereotipos de la propaganda, por el inter�s propio disfrazado de bellos pretextos morales.

La raz�n de esto es auto-evidente: un hombre tiene que estar libre de todo control externo para tener la certeza de que mira hacia s� mismo y no hacia un papel social - y s�lo entonces puede emitir un juicio totalmente sincero. Solamente aqu�l que es due�o de s� mismo es libre - y nadie es due�o de s� mismo si no soporta ni mirar, �l s�lo, hacia dentro de su propio coraz�n.

Incluso la conversaci�n m�s franca, la confesi�n m�s espont�nea, no pueden sustituir a ese examen interior, porque en verdad s�lo valen cuando son manifestaciones de �ste, y no efusiones pasajeras, inducidas por una atm�sfera casualmente estimulante o por una sinceridad vanidosa.

M�s a�n, no es s�lo la dimensi�n moral de la conciencia la que se desarrolla en esa confrontaci�n: es la conciencia entera - cognitiva, est�tica, pr�ctica. Pues esa confrontaci�n es al mismo tiempo aproximaci�n y distanciamiento: el juicio solitario es el que crea la verdadera intimidad del hombre consigo mismo y es tambi�n el que crea la distancia, el espacio interior en el que las experiencias vividas y los conocimientos adquiridos son asimilados, profundizados y personalizados. Sin ese espacio, sin ese "mundo" personal conquistado en la soledad, el hombre no es m�s que un canal por el que las informaciones entran y salen - como los alimentos - transformadas en detritos.

Pues bien, no todos los seres humanos han sido dotados por la Providencia con la percepci�n espont�nea y el juicio certero de sus pecados. Sin esos dones, el anhelo de justicia se pervierte y se transforma en la acusaci�n proyectiva de los dem�s y en "racionalizaci�n" (en el sentido psicoanal�tico del t�rmino). Aqu�l que no los recibi� al nacer tiene que adquirirlos con la educaci�n. La educaci�n moral, por tanto, consiste menos en dar, para aprenderlas de memoria, listas de lo que est� bien y de lo que est� mal que en crear un ambiente moral propicio para el auto-examen, para la seriedad interior, para la responsabilidad por la que cada uno sabe lo que hizo cuando no hab�a nadie mir�ndole.

Durante dos milenios, un ambiente as� fue creado y sustentado por la pr�ctica cristiana del "examen de conciencia". Hay equivalentes en otras tradiciones religiosas y m�sticas, pero ni uno s�lo en la cultura laica contempor�nea. Existen los psicoan�lisis, las psicoterapias, pero s�lo funcionan en ese sentido cuando conservan la referencia religiosa a la culpa personal y a su redenci�n mediante la confesi�n ante Dios. Y, a medida que la sociedad se descristianiza (o, mutatis mutandis, se desislamiza, se desjuda�za, etc.), esa referencia se diluye y las t�cnicas cl�nicas tienden precisamente a producir el efecto contrario: a abolir el sentimiento de culpa, substituy�ndolo sea por un endurecimiento ego�sta confundido con la "madurez", sea por una acomodaci�n auto-complaciente, blandengue y canalla, confundida con la "cordura".

La diferencia entre la t�cnica religiosa y sus suced�neos modernos es que sintetizaba en una misma vivencia dram�tica el dolor por la culpa y la alegr�a por la completa liberaci�n - y esto las "�ticas laicas" no lo pueden hacer, precisamente porque les falta la dimensi�n del Juicio Final, de la confrontaci�n con un destino eterno que, dando a esa experiencia una significaci�n metaf�sica, elevaba el anhelo de la responsabilidad personal a las alturas de una nobleza de alma con la que las exterioridades de la "�tica ciudadana" no pueden ni siquiera so�ar.

Desde hace dos siglos, la cultura moderna va haciendo lo que puede por debilitar, sofocar y extinguir en el alma de cada hombre la capacidad para esa experiencia suprema en la que la conciencia de s� mismo es exigida al m�ximo y en la que - solamente en ella - alguien puede adquirir la aut�ntica medida de las posibilidades y deberes de la condici�n humana. La "�tica laica", la "educaci�n para la ciudadan�a" es lo que queda en el exterior cuando la conciencia interior se calla y cuando las acciones del hombre ya no significan nada m�s que infracciones u obediencias a un c�digo de convencionalismos y de intereses fortuitos.

"�tica", ah�, es una pura adaptaci�n a lo exterior, sin ninguna otra resonancia �ntima que la que se pueda obtener mediante la interiorizaci�n forzada de esl�ganes, frases hechas y consignas. "�tica", ah�, es el sacrificio de la conciencia en el altar de la mentira oficial del d�a.